Desde la eutimia I

Estoy sana y salva, ahora y aquí, con los pies en la tierra.

Me siento vulnerable por lo que ha pasado, pero intento mirar al frente y volver a sentirme fuerte, porque como todo, este sentimiento también cambiará.

He de ser sincera conmigo misma y conducirme a un lugar de paz y tranquilidad. Mirar atrás no me lo permite.

Escribo para mí, para que no se me olviden los pasos que estoy teniendo que dar después de este último brote. Siento que he perdido, que he fracasado, que mi mundo se ha deshecho, que mis relaciones han cambiado. Lo siento. ¿Pude haberlo frenado antes?

Me entreno para el otoño que viene. Estudio mis cambios de humor, de pensamiento; mi sensibilidad a la hora de entender mi entorno y mi pasado.

Esta enfermedad no me da tregua. Me invita a enloquecer, a descubrir fantasías que siempre acaban igual.

Me estoy conociendo y no es fácil. Siempre acabo culpándome por mi incapacidad para aprender de los errores, me juzgo y no entiendo cómo puedo tropezar tantas veces con la misma piedra. Lo hago así porque pienso en las personas que me acompañan en esto y puedo leer en sus ojos la tristeza que les provoca que yo enloquezca. La responsabilidad de mis actos me lleva a la culpa.

¿Enloquecí porque quise?

El tiempo se alarga, se acorta, se disfraza, me lleva de aquí para allá, me tambalea. No sé cuánto hace que perdí la razón antes de ingresar en el hospital. Quizás, si fuera algo más lista tendría la respuesta ya escrita para que esto no volviera a ocurrir. Pero, sinceramente… No sé cómo controlar el pensamiento. Todavía no tengo las herramientas, creo. Confío en que, cuando vuelva otra vez la primavera y mi corazón se altere, yo pueda coger «al toro por los cuernos» y que las ensoñaciones sólo sean un pasatiempo, sin llegar a penetrar en mi vida como lo han hecho hasta ahora.

Para controlar mi «cordura» necesito claridad, que lo ambiguo no forme parte de mi existencia. Necesito agarrarme a un presente conciso donde no quepan las fantasías, ni el dolor por el pasado. Sé que soy quien soy por lo que he vivido y eso me basta, me debería de bastar.

Imagino, fantaseo, sueño. Mi mente es así porque eso gusta, despierta las hormonas del placer.

Mi vida no es una adivinanza… ¡Pero a veces sí!

¿Blanco o negro? No es así…

Dímelo a mí…