Llámenlo responsabilidad

En esta cuesta, desde noviembre a enero, mi perspectiva cambia: del amor al horror. No ha sido sólo de un salto.

Marchas cortas, revoloteos desorientados.

¡Arrastra, empuja! Y sin darte cuenta ya has llegado.

¿Quién dirige mis pasos? ¿Qué me lleva hasta lo más alto?

Precipitándome en los acantilados tiemblo y temo volver a ser mortal.

Ese camino incierto que no puedo recordar es el resultado de este pánico que me hiela las venas y me estruja el corazón. Ya no hay elección. Mirar atrás es aún peor que tomar la decisión.

Allá voy…

No. No puedo.

Miro atrás.

¿Por qué? ¿Cómo ha podido cambiar tanto mi vida durante una noche?

Me despierto preguntándome por qué no acabé, por qué no salté, por qué llegué hasta ahí y dejé a esta parte de mí, consciente, viviendo una obscura pesadilla.

No me atrevo a saltar. Sólo puedo mirar atrás y no puedo volver. En esa cuesta han crecido montones de miedos, han quedado rotas relaciones. En esa cuesta llamada Inconsciencia la verdad parece lo que no es y desaparece lo que era.

¿Era yo subiendo?

¿Era yo queriendo?

Explíquenselo a los dueños de sus mentes, a quienes nunca han salido de sus cuerpos, a quienes nunca duermen, a aquellas personas que no pueden entender que somos así sin quererlo, pero que luego volvemos y nos encontramos aquí, entre la cuesta y el precipicio.

Que me empuje mi responsabilidad… ¿O qué?